Desde la antigüedad clásica, la ética ha estado en el corazón mismo de las reflexiones filosóficas. Aristóteles la ubicaba entre las disciplinas filosóficas prácticas y, de hecho, en la medida en que estuviese orientada a la consecución del bien común, su desarrollo tendría la meta de la búsqueda de la felicidad. Por esas características, el estagirita consideraba también que en el corazón de la ética estaba el principio de justicia como un eje articulador de la vida social.

Con él comenzó, pues, una larga reflexión acerca del sentido de los actos humanos. Con el advenimiento del cristianismo, la ética se vinculó de manera indisoluble a la religión cristiana y, por tanto, se desarrolló como filosofía moral, uno de sus sentidos que hasta hoy perdura. A partir del Renacimiento, la ética centró su discurso en torno a los giros temáticos y políticos que impuso una visión del mundo centrada en la razón y el desarrollo naciente del capitalismo. Una larga reflexión acerca de la libertad y su vínculo con la razón comenzó entonces.

Hoy, cuando la forma neoliberal del desarrollo del capitalismo ha exacerbado al límite las tendencias más pragmáticas, individualistas, utilitarias y depredadoras de la socialidad humana pero, además, cuando más ausente está el sentido colectivo en la determinación de los actos y parece no haber freno para las tendencias más violentas y la insaciable sed de enriquecimiento, las sociedades han vuelto sus ojos hacia la ética, buscando en ella parámetros de comportamiento y criterios de vida que vuelvan más humana la vida.

Este retorno a la ética tiene, sin embargo, sus sesgos. A contrapelo de la historia, existen tendencias que quieren enfrentar los problemas de hoy con los ojos del pasado, fundamentalmente desde éticas racionalistas del siglo XVIII, como la filosofía kantiana, o desde el retorno -a veces fundamentalista- a la religión. En ambos extremos, el desconcierto, el miedo y la frustración frente a los parámetros de vida que ha construido el capitalismo salvaje no parecen encontrar respuestas. Por eso hoy, la proliferación de los códigos de ética en los ámbitos institucionales, por ejemplo, para enfrentar flagelos como la corrupción, no conducen a nada. Son vanos intentos de apelar a una conciencia imaginaria e ideal, pues lo que se constata cotidianamente es que la conciencia individual y colectiva está atravesada por una racionalidad instrumental y, por tanto, imposibilitada de construir respuestas con dimensión colectiva.

¿Significa eso que debemos renunciar a la razón? No. La razón sigue siendo el gran parámetro para conocer y transformar el mundo. Pero la razón no es unívoca. Si bien la razón como capacidad humana es universal, es histórica en tanto resultado específico de las distintas formas sociales que pueblan el mundo. De ahí que no existe una racionalidad única sino racionalidades. Claro está, en esa pluralidad, el capitalismo y occidente han desplegado históricamente una racionalidad instrumental dominante que atraviesa el conocimiento, el poder y la interacción del ser humano con la naturaleza.

Frente a esa racionalidad que ha llevado al mundo a un colapso ambiental, a decir de Andrés Barreda, economista mexicano, se yerguen hoy otras racionalidades que intentan construir nuevas respuestas, acordes a las necesidades y problemas del presente, pero también desde las potencialidades del presente. En este sentido, los procesos de cambio que hoy se vive en muchos de los países son intentos de construir salidas, primero, al modelo neoliberal y, segundo y en el largo plazo, al capitalismo. Son, también, intentos de pensar bajo nuevos parámetros la libertad del ser humano respecto a su capacidad de transformar la naturaleza pero también frente a los otros seres humanos. ¿Cuál es la libertad que podemos desplegar? ¿Cuáles son los parámetros, el sentido, de ese despliegue? Esas son algunas de las preguntas que guían la construcción del presente desde una mirada crítica.